Cirugía de oído fallida: el texto que Lucas escribió a los 15 años
Hay episodios de podcast que son entrevistas, y hay episodios que son otra cosa: una puerta que alguien decide abrir. El episodio 20 de Sordo pero no mudo es de los segundos.
En este capítulo no hay invitados. Lucas Adlerstein, fundador de Casacusia, está solo frente al micrófono y lee un texto que escribió cuando tenía 15 años, apenas tres meses después de la cirugía de oído que le cambió la vida: la del 17 de marzo de 2016, la que salió mal, la que en vez de devolverle audición le dejó casi nada en ese oído.
El contexto: una pérdida leve y una decisión
Antes de esa cirugía, Lucas tenía una pérdida auditiva muy leve en un oído, de alrededor de un 15 o 20 por ciento. Podía hacer una vida completamente normal. Pero sintió la necesidad de recuperar el cien por ciento.
"Yo tuve la necesidad de tener una audición al 100% y tener la mejor audición, entonces me operé para restablecer esa poca pérdida. Después terminé perdiendo casi toda la audición."
De esa cirugía le quedó algo así como un 5% de audición en ese oído: prácticamente nada. Qué salió mal exactamente y por qué es tema de otro episodio, con un médico. Este episodio es otra cosa: es la vivencia, contada por el mismo chico de 15 años que la atravesó, con la letra de ese momento.
Un relato sin dramatismo: milanesas, pantuflas y un quirófano de película
Lo que más impacta del texto es su normalidad. Empieza como cualquier noche: una cena en familia, más temprano que de costumbre por el ayuno. Milanesas con ensalada que hizo su mamá. Los antibióticos, el baño, los dientes, a dormir.
Al otro día, el sanatorio. Los papeles de admisión, la pulsera, la habitación. El abuelo y el tío que pasan a saludar. La enfermera que trae la ropa de quirófano y unas pantuflas que no le entran, porque Lucas ya medía casi un metro ochenta y le tocó internarse en el piso de pediatría, donde los pies le pegaban contra la baranda de la cama.
Después, el quirófano: todo blanco y bien iluminado, "tal cual en las películas". El pinchazo del suero, el ardor que sube por el brazo, los ojos que se cierran aunque haga fuerza para mantenerlos abiertos.
La cirugía iba a durar una hora y media. Cuando Lucas se despertó y escuchó que el personal ya había almorzado, hizo la cuenta: habían pasado más de cuatro horas. Algo no había salido según el plan.
Esta nota nace de: Recuerdo de mi cirugía fallida a los 16 años
"Parecía que le lloraran a un muerto"
El momento más fuerte del texto no es el quirófano. Es la vuelta a la habitación.
"Cuando llegué a la habitación vi a mi mamá y a mi hermana llorando, pero no se les caían las lágrimas, sino que estaban llorando desaforadamente. Eso me mató por dentro."
Lucas estaba bien. Mareado, con vértigo, pero bien. Lo que lo quebraba no era su propio estado: era el llanto alrededor. En un momento de la internación llegó a pedirle a su familia que saliera de la habitación para quedarse a solas con los médicos y las enfermeras, y les explicó por qué: le hacía muy mal verlos llorar por él.
"Me acuerdo que no paraban de llorar. Era terrible, parecía que le lloraran a un muerto."
El texto sigue con los detalles de esa internación que solo un adolescente registraría con esa mezcla de crudeza y humor: los vómitos, la sonda que nadie le había avisado que tenía, la noche entera sin dormir porque cada media hora entraba una enfermera, y los ravioles del mediodía siguiente, comidos despacito para no vomitarlos, con un postre "riquísimo" como pequeña victoria.
Leerlo siete años después
Al terminar la lectura, Lucas cuenta que es casi la primera vez que logra leer ese texto sin llorar. Y desde el presente saca una conclusión que atraviesa todo el episodio:
"El mundo no se me estaba cayendo, sino que mi familia se estaba cayendo, entonces eso hacía que yo me caiga."
No lo dice desde el reproche. Él mismo lo aclara: el llanto de su familia, su hermana pidiéndole permiso para ir a entrenar al club, todo eso eran muestras de amor. Pero en ese momento, lo que él necesitaba era otra cosa: un poco de paz y menos llanto alrededor.
Esa es quizás la enseñanza más grande del episodio para cualquier familia que acompaña a alguien en una cirugía o en una pérdida auditiva: quien está en la cama absorbe el ambiente. Si el ambiente es tristeza, absorbe tristeza. Si alguien le festeja que está vivo y que salió adelante, absorbe eso.
"Quizás a mí me podrían haber festejado que estaba vivo y que salí bien, en vez de quedarse con que había perdido un oído en esa cirugía."
Por qué compartimos también lo que no es lindo
Lucas lo dice al final del episodio: no todo lo que se comparte tiene que ser lindo y esperanzador. Las cirugías que no salen como se esperaba existen, y contarlas —con respeto, sin golpes bajos— ayuda a que otras personas que pasaron por algo parecido se sientan menos solas.
Esta historia, además, no termina acá. Es el origen de todo lo que vino después: el duelo, la búsqueda, el implante, el podcast y la fundación. Si querés conocer el recorrido completo, podés leer la historia de Lucas. El texto completo que leyó al aire, tal como lo escribió a los 16 años, está publicado sin editar en su blog personal: crónicas de mi cirugía, en primera persona, a los 16 años.
- Escuchá el episodio completo: casacusia.org/podcast/20-recuerdo-de-mi-cirugia-fallida-a-los-16-anos-podcast-sordo-pero-no-mudo
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Esta nota nace de una conversación real. Escuchala completa:
Recuerdo de mi cirugía fallida a los 16 años
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