¿Qué hace (y qué no hace) un intérprete de lengua de señas?
Cuando hay un intérprete de lengua de señas en una consulta médica, un juicio o una charla, es común que la gente le hable a él en vez de a la persona sorda: "preguntale tal cosa". En el episodio 64 de Sordo pero no mudo, Pablo Baldrich explica por qué eso está mal planteado y cuáles son los límites éticos de su rol.
El intérprete no es el interlocutor
La regla básica: la conversación es entre la persona sorda y la otra parte. El intérprete es el puente, no un participante.
"Vos preguntale, yo interpreto. El que está hablando con él sos vos, no yo."
Eso también significa no opinar, no corregir y no agregar. Pablo cuenta una situación límite: en un juicio, una persona sorda que conocía de toda la vida dio una explicación que él sabía que no era cierta. La interpretó igual, sin gestos ni comentarios.
"Un Sordo tiene el derecho a mentir igual que cualquier humano. Yo no soy quien para decir nada, yo soy la voz de él para lo que quiera."
La frase, que a Lucas lo dejó pensando el resto del episodio, resume algo profundo: interpretar es devolverle a la persona sorda la autonomía plena sobre su propio discurso, incluso cuando eso incomoda al intérprete.
Esta nota nace de: Ser intérprete de lengua de señas — Pablo Baldrich
Neutralidad, aunque no estés de acuerdo
Pablo interpretó el debate por la ley de aborto en el Congreso, una sesión récord de 25 horas. La misma palabra —embrión— debía interpretarse con el sentido que le daba cada orador, según su postura. El intérprete no puede dejar traslucir su opinión ni con la cara.
"Tengo que convencerte de lo que está diciendo ella, que es lo que ella quiere, por más que yo no esté de acuerdo."
Confidencialidad absoluta
Por su trabajo, un intérprete conoce información íntima de muchísimas personas: consultas médicas, declaraciones policiales, conflictos familiares. Nada de eso se cuenta, nunca.
"Hay cosas de confidencialidad que jamás un intérprete que se precie va a decir qué es lo que pasó, ni quién era, ni qué es lo que dijo."
Interpretar no es traducir
Una distinción útil que deja el episodio: el traductor trabaja con textos, con tiempo para revisar y corregir. El intérprete trabaja en el momento, sin posibilidad de chequeo. Por eso los intérpretes rotan cada 15 o 20 minutos: la exigencia mental de escuchar, comprender el sentido y reformularlo en otra lengua en simultáneo no se sostiene más tiempo con calidad.
Conocer estos límites ayuda a todos: a las instituciones que contratan intérpretes, a las familias y a cualquier persona que comparta un espacio con una persona sorda y su intérprete. La consigna es simple: hablale a la persona, no al puente.
Esta nota nace de una conversación real. Escuchala completa:
Ser intérprete de lengua de señas — Pablo Baldrich
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